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La Coctelera

singerstone

17 Noviembre 2007

Inferno

"Si todos pudieran ver por sí mismos, por lo menos una vez, cómo le deja el fósforo blanco la cara a un niño, el inexpresable dolor que causa un solo disparo, o cómo la esquirla de un obús le arranca la pierna a una persona... Si todos pudieran ver por sí mismos el miedo y el pesar, solo una vez, comprenderían que nada justifica que eso le ocurra a una persona, y mucho menos a miles. Pero todo el mundo no puede ir, y por eso van los fotógrafos, para mostrar, para hacer que lo que pasa allí llegue a su fin, para llamar la atención sobre ello. Para crear imágenes impactantes que contrarresten el efecto de los medios y acaben con la indiferencia."

- James Nachtwey -

Hace casi diez años ví en una revista de un semanal un reportaje sobre un libro de fotografía de guerra titulado “Requiem: By the Photographers Who Died in Vietnam and Indochina”. Publicado por la editorial Random House, no podía adquirirse en España, salvo pidiéndolo en el departamento de importación de alguna gran librería (precio bastante desorbitado mediante). Pasaron los meses y me olvidé del tema. Pero quiso la casualidad (y en parte gracias a mis padres que son muy viajeros) que ese verano fuera de viaje a Vietnam. Pues bien, en Saigon (hoy Ho Chi Minh City) hay un espeluznante Museo de la Guerra. Si bien no está enfocado con demasiada objetividad, es de los sitios que han de conocerse casi obligadamente. A la salida del museo había una tienda donde vendían el famoso libro. ¿Acabó allí, por fín, la búsqueda?, se preguntará el aguerrido lector. AGOTADO.

Al verano siguiente fui con un amigo a Londres. Pasamos allí quince días. Había vuelto a olvidarme del libro para entonces. Pero volví a encontrarlo en mi camino. Esta vez en la librería del British Museum. Allí sí lo tenían y allí lo compré. Era el año 2002. Desde entonces lo guardo como un tesoro. Es un libro fabuloso. Con unas fotos increíbles, la mayoría en blanco y negro. Además tiene el dramatismo que entraña la consciencia de que todos los fotógrafos allí incluidos murieron en aquella última misión de captar los horrores de las guerras de Indochina y Vietnam. Entre ellos fotógrafos de la categoría de Robert Capa o Larry Burrows.

Siempre me ha apasionado el tema de los reporteros gráficos en conflictos bélicos. Varios años después, hablando con un profesor de fotografía de la Complutense añadí a mi libreta mental el nombre de James Nachtwey. Había visto alguna fotografía suya pero nunca lashabía identificado con un mismo autor. La foto del hutu de perfil con las cicatrices de machete, con el incómodo encuadre que deja el espacio detrás de la cabeza es archiconocida. Leyendo aquí y allá, resulta que James Nachtwey es el fotógrafo de guerra más prestigioso de finales del siglo veinte.

Y vuelta a empezar. Busco publicaciones en las secciones de fotografía. Nada. Lo único que encuentro para saciar mi ansiedad es un documental espectacular (War Photographer, de 2001). Éste no se si se puede adquirir en España; confieso que me lo bajé. Es un documental increíble que, pese a lo violento de las situaciones que muestra, transmite un equilibrio y una tranquilidad inexplicables. Y, frente al estereotipo del fotógrafo de guerra cínico, fanfarrón , de vuelta del horror, amparado en la bebida para soportar la realidad, nos encontramos a un tipo tranquilo, que mantiene la calma en todo momento; motivado e idealista, poco hablador e introvertido, al quien hay que tirar de la lengua para que cuente batallitas.

Había visto el documental hace un par de años; había desistido de encontrar algo sobre Nachtwey en la casa del Libro o en el Fnac. Tampoco había buscado sistemáticamente por todo Madrid, en honor a la verdad. Pero en la sección de fotografía de las librerías más populares e importantes nada de nada. Y de pronto, hace como veinte días, navegando por la red me topo con EL LIBRO: Inferno. Estaba de venta en Amazon (¿cómo no se me había ocurrido buscar allí?) por unos 70€ (envío incluído). Así que lo encargué. Me ha llegado ayer.

Digo EL LIBRO porque tiene 40x30cm, 460 páginas (casi 6cm de grosor) y debe pesar tres kilos o más. Está publicado por Phaidon Press. Todas las fotos son en blanco y negro a tamaño enorme; muchas a doble página. Y no hay texto al lado de las fotos para dejarlas como únicas protagonistas sobre el papel. La guía de las fotografías viene al final. Una breve explicación compaña al título de cada capítulo: Rumanía, Somalia, India, Sudan, Bosnia, Ruanda, Zaire, Chechenia y Kosovo.

Impresionante.

Y ahora que alguien me explique por qué tenemos veintitrés mil libros de fotos aéreas de la tierra, de fotografía superficial, “los coches más guays que nunca podrás comprar”, “las ropas más horteras culos y tetas.tachen.com”, “galería fotográfica de los perros ganadores del decimoquinto concurso internacional de peluquería y esteticien canina de las Vegas en 1998” y tantos y tantos libros que se amontonan en los vipes y en los efnaques y es tan complicado hacerse con libros de fotoperiosimo de este calibre. Es que no lo entiendo.

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4 Noviembre 2007

la ascensión a Emei Shan

Fragmanto del diario de mi viaje a China, en agosto de 2007.

12 de agosto:

Atardecía cuando dábamos los primeros pasos, los primeros escalones. La última luz se hizo más mortecina bajo el dosel tropical, y al bullicio de los coches de la avenida Emei le sucedió la obcecada discusión en monólogo que mantienen las chicharras. Cuando llegamos al monasterio del Tigre Agazapado ya estaba cerrado. Eran más de las siete de la tarde. Empezamos a vislumbrar la noche durmiendo al raso. La ascensión empezaba a hacer justicia al nombre, tomando forma de empinados tramos de escaleras. Atravesamos una aldea y lo que parecía el puesto de control de entrada a la zona protegida; el torno estaba abierto y pasamos.

En una tienda del camino, avanzada la oscuridad, compramos una linterna recargable y dos bastones de bambú. La caminata nos llevó hasta las puertas del Monasterio del Trueno, también cerrado. Ya había caído la noche y se despertaba la selva. Cuando apagábamos las linternas la maleza se llenaba de miles de luces parpadeantes. Innumerables insectos luminosos que representaban su papel en la oscuridad más obsoluta, y que pasaban volando a nuestro alrededor.

Más adelante, en el camino, nos encontramos a una chica y su hermano. Ella trabajaba en el ferrocarril, en la línea entre Pekín y Chengdu. Subía a su casa, que funcionaba también como albergue (y además estaba abierto), situada junto al Monasterio Chungyang. Llegamos hacia las nueve de la noche. Estábamos a 940 metros de altitud (partimos de 550m) y la Cima Dorada, nuestro objetivo, está a 3077m así que no habíamos hecho más que empezar.

Nos recibió la familia al completo con el servicio de té encima de la mesa (¡cómo no!). El albergue-casa tenía habitaciones dobles a 80 yuanes cada una. Las letrinas de agujero en el suelo apestaban y la ducha tenía un sistema de calentar la cisterna mediante una resistencia que se encendía con un interruptor antiquísimo y gigante como de silla eléctrica que daba bastante resperto. Sólo Jose se duchó esa noche. A pesar de las mosquiteras había bastantes bichos en la habitación, pero la limpieza de las sábanas era inmejorable. A las diez estábamos ya durmiendo.

13 de agosto:

A las siete nos pusimos en camino. Visitamos el vecino Monasterio de Chungyang, habitado exclusivamente por mujeres, y seguimos ruta. El primer tramo desde este monasterio fue de descenso, y lo fue hasta una encrucijada de caminos, donde se alza el Pabellón del Corazón de Vaca, junto al Pabellón del Sonido Puro y el Monasterio Quinyin (a 710m de altura). Habíamos dejado atrás varios monasterios, pero ahora no puedeo recordar sus nombres. Desde el Pabellón del Sonido puro hasta el Monasterio de la larga Vida (situado a 1020m) hay una subida dura. El clima tropical hacía que empapara enseguida la camiseta. Cientos de insectos palo atravesaban el camino, parsimoniosos en su disfraz vegetal.

Una vez en el monasterio topamos con una inmensa aglomeración de chinos (llegaban hasta allí por carretera y teleférico, pero casi nadie subía a pie); estaba todo tan colapsado que ni siquiera entramos.

El siguiente descanso lo hicimos en el Palacio Xixin, donde había unos sillones de mimbre bastante confortables. Más arriba, en un emplazamiento llamado “Elder Level Ground”, paramos para comer. Comenzó a llover a cántaros, pero escampó antes de retomar la ascensión.

Con la altura la selva tropical daba paso imperceptiblemente a la laurisilva, decendía la temperatura y entrábamos en el reino de la niebla. Pasamos por el Templo Chu y la Cima de Huayang. El número de templos, budas y estatuas de dioses protectores, así como la cantidad de incienso consumido por inhalación tendía ya a infinito y la cuenta engrosaba cada vez más.

A las cinco de la tarde, envueltos por una fría y espesa niebla, llegamos al Monasterio de la Charca del Elefante. La bienvenida nos la dio un macho de macaco que se nos enfrentó en las escaleras de entrada. Le arrebaté el bastón a una joven peregrina para intentar amedrentarle pero el bicho enseñó unos colmillos enormes y salimos todos en desbandada.

Una vez a salvo en el monasterio pillamos una cuádruple a la que se entraba desde una galería cubierta, con suelo de madera, que daba a un abismo de vegetación. La tormenta que cayó nada más llegar fue bestial. Nos libramos por poco. Antes de cenar nos duchamos. Las duchas estaban un poco lejos y la distribución de las instalaciones era bastante caótica, existiendo además la posibilidad (nada remota) de encontrarte más macacos tibetanos de camino a los baños. La cena fue antes del atardecer, hacia las seis. Nos costó 10 yuanes y consistió en mucho arroz, judías, berenjena y poco más. La austeridad monacal se hizo más patente que nunca.

Situado a 2070m de altura, desde la terraza frente a su entrada principal, el Monasterio de la Charca del Elefante ofrecía unas vistas espectaculares: las montañas recortadas en diferentes grises gracias a la luz del atardecer como en las pinturas con tinta china.

Después de cenar pudimos experimentar (otra vez) la crudeza de las letrinas chinas, con todo el mundo allí agachado, en cuclillas, charlando sin apenas separación.

Esa noche nos fuimos pronto a dormir.

14 de agosto:

Salimos a las seis del monasterio. Después de ascender un poco pudimos ver el alba rodeando el monte sobre el que estaba situado, y cómo iban apareciendo los demás picos de Emei Shan envueltos en la niebla. La ascensión hasta el siguiente punto de desanso fue muy dura. Superamos 600m de desnivel, en tramos de escaleras muy largos. La mañana era fría, y el sol se filtraba por un bosque de laurisilva más silencioso que la selva tropical de allá abajo. Ya no nos acompañaban en el camino los bichos palo con su letanía del disimulo. El último tramo del camino hasta la Sala de Jieyin fue llano, y tenía pequeños miradores abiertos a un valle donde se veían entrar los rayos de sol entre las montañas y la niebla.

Llegando ya a Jieyin contemplamos algo insólito. Como a aquella Parte, cercana ya la Cima Dorada (Jinding Si), llegaba la carretera, hasta allí se transportaban en camión enormes bloques de piedar de unos 130kg cada uno que se repartían entre los porteadores encargados de transportarlos a lo largo del camino hasta el punto en el que algún escalón necesitara ser repuesto. Durante la ascensión a Emei Shan es frecuente cruzarse con porteadores de piedras, víveres (para abastecer tiendas y monasterios) e incluso de sillas para las personas que lo precisen y paguen. Uno no puede, en estas ocasiones, evitar pensar que la esclavitud se ha transformado y adaptado, pero o desaparecido, en estos días presentes. En aquel momento eran las ocho de la mañana.

Llegamos a Jieyin y fuimos a un hotel para dejar las mochilas en la recepción y poder subir el último tramo ligeros de peso. Llegamos arriba hacia las diez. Unas escaleras jalonadas con elefantes blancos conducían a la enorme estatua dorada y a los templos.

Estábamos a 3077 metros de altura, sobre las nubes. Habíamos subido 2522 metros en una ascensión con más de veinte mil escalones en quince horas de caminata. Los bastones de bambú estaban destrozados y nuestras piernas también. Habíamos coronado el monte budista más importante de China y el esfuerzo había merecido la pena.

Tags: shan, viaje, china, diario, emei

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3 Noviembre 2007

de Niro se desmelena en Stardust

Tampoco quiero pasarme, pero posiblemente no veíamos a Robert de Niro en un papel tan osado desde Frankestein o El Cabo del Miedo; si bien sigue explotando esa vena cómica tan criticada por los que anhelan su vuelta a papeles de la altura del de Travis Bickle o Jack Lamota.

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28 Octubre 2007

la niña de songpan

Estábamos a medio día a caballo desde Songpan. Era por la tarde. Los guías habían preparado ya la cena, nuestra única comida en el día a excepción del té del desayuno y unos escasos trozos de pan dulce en el valle glaciar desde el que supuestamente se veía la Montaña de Hielo. Nos había llevado todo el día llegar a aquel valle, subiendo los caballos por escarpados bosques alpinos y pedregosas laderas. Allí arriba, a unos cuatro mil metros, apenas habíamos tenido tiempo de sacar unas fotos a un imponente paisaje oculto tras las nubes y de comer un poco de aquel extraño pan dulce. Luego habíamos vuelto al campamento donde ahora íbamos a degustar unos tallarines que los guías (eso no lo sabíamos todavía) iban a servirnos con las manos.

El campamento estaba en una pradera enclavada en la conexión entre varios valles fluviales. Además de los pocos viajeros que llegaban a caballo, allí vivía una familia que se ganaba la vida vendiendo algo de comida y bebida a los guías y a los extranjeros. Era una familia con muchos miembros de varias generaciones, y esa tarde Víctor y yo estuvimos jugando con los dos pequeñajos; un niño y una niña extremadamente tímidos, temerosos. Casi no dejaban que nos acercáramos. La niña jugueteaba con un peine verde.

Los guías llamaron a la cena. Eran hombres toscos, de rasgos duros y curtidos, prácticamente tibetanos. Por la noche, frente a la hoguera, cantaban canciones burdas, y el dinero que ganaban con su trabajo de guías se lo gastaban en Songpan, bebiendo bai jiu (agua fuerte destilado del arroz) y pagando putas. No eran tipos malos; la vida los había enseñado así.

Me fui a sentar cerca de Jose, mientras Víctor seguía haciendo fotos a los niños. “Qué monada de cría” le dije. Jose levantó la cabeza y soltó “¡¿Nos la llevamos?!”. La idea tomó en mi cabeza proporciones poco descabelladas. Creo que callé. Y Jose añadió “…esta pobre niña a lo más que puede espirar es que cuando crezca un poco más algún animal de éstos la viole y entonces le tendrá que cocinar y hacerle la cama para el resto de sus días”. Y entonces a mí se me calló el alma a los pies.

Aquellos pastores, que apenas balbuceaban el mandarín, eran los hijos de aquella tierra bella y dura que los había visto crecer y los había educado; que los había embrutecido. Esos hombres eran buenas personas; valientes, generosos, hospitalarios. Y sin embargo parecía que aquellas montañas se hubieran apoderado poco a poco de su humanidad. Pagaban, quizá, el precio por el privilegio de cabalgar a sus anchas por aquellas tierras y conocerlas mejor de lo que conocían a cualquier mujer.

Y ya no recuerdo cómo sonaba el rumor del río, ni el olor del bosque de abetos y magnolios. Ya casi he olvidado el sonido de las pezuñas de los animales contra las rocas. Sin embargo todavía recuerdo en aquella pradera a los dos niños de la familia de vendedores, desconfiando de los extranjeros y que quizá aún no eran conscientes de un futuro demasiado cierto.

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26 Mayo 2007

sin el tiempo que me sobra,
sin remedio ni oración,
sin lo poco que son todas,
sin la crisis de rigor,
ni los valses que me quedan,
ni la ansiada decisión,
sin la calma que debiera,
ni la tiza, ni el carbón.

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27 Abril 2007

situacionismo

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25 Abril 2007

las cosas que de mi sé
son bien escasas
las cosas que despedí
son las mejores

las veces que me negué
fueron bien raras
las veces que fuí feliz
sufren temores

los tiempos de mi niñez
tierras lejanas
los tiempos del porvenir
vienen tifones

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25 Abril 2007

tientos sin tiento

agentes secretos, guerra enfadada
locura estrenada, sin amuletos;
tientos sin tiento, tacto sin frenos
quiero y si puedo te secuestraba.

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