Categoría: Descuidados
4 Noviembre 2007

Fragmanto del diario de mi viaje a China, en agosto de 2007.
12 de agosto:
Atardecía cuando dábamos los primeros pasos, los primeros escalones. La última luz se hizo más mortecina bajo el dosel tropical, y al bullicio de los coches de la avenida Emei le sucedió la obcecada discusión en monólogo que mantienen las chicharras. Cuando llegamos al monasterio del Tigre Agazapado ya estaba cerrado. Eran más de las siete de la tarde. Empezamos a vislumbrar la noche durmiendo al raso. La ascensión empezaba a hacer justicia al nombre, tomando forma de empinados tramos de escaleras. Atravesamos una aldea y lo que parecía el puesto de control de entrada a la zona protegida; el torno estaba abierto y pasamos.
En una tienda del camino, avanzada la oscuridad, compramos una linterna recargable y dos bastones de bambú. La caminata nos llevó hasta las puertas del Monasterio del Trueno, también cerrado. Ya había caído la noche y se despertaba la selva. Cuando apagábamos las linternas la maleza se llenaba de miles de luces parpadeantes. Innumerables insectos luminosos que representaban su papel en la oscuridad más obsoluta, y que pasaban volando a nuestro alrededor.
Más adelante, en el camino, nos encontramos a una chica y su hermano. Ella trabajaba en el ferrocarril, en la línea entre Pekín y Chengdu. Subía a su casa, que funcionaba también como albergue (y además estaba abierto), situada junto al Monasterio Chungyang. Llegamos hacia las nueve de la noche. Estábamos a 940 metros de altitud (partimos de 550m) y la Cima Dorada, nuestro objetivo, está a 3077m así que no habíamos hecho más que empezar.
Nos recibió la familia al completo con el servicio de té encima de la mesa (¡cómo no!). El albergue-casa tenía habitaciones dobles a 80 yuanes cada una. Las letrinas de agujero en el suelo apestaban y la ducha tenía un sistema de calentar la cisterna mediante una resistencia que se encendía con un interruptor antiquísimo y gigante como de silla eléctrica que daba bastante resperto. Sólo Jose se duchó esa noche. A pesar de las mosquiteras había bastantes bichos en la habitación, pero la limpieza de las sábanas era inmejorable. A las diez estábamos ya durmiendo.
13 de agosto:
A las siete nos pusimos en camino. Visitamos el vecino Monasterio de Chungyang, habitado exclusivamente por mujeres, y seguimos ruta. El primer tramo desde este monasterio fue de descenso, y lo fue hasta una encrucijada de caminos, donde se alza el Pabellón del Corazón de Vaca, junto al Pabellón del Sonido Puro y el Monasterio Quinyin (a 710m de altura). Habíamos dejado atrás varios monasterios, pero ahora no puedeo recordar sus nombres. Desde el Pabellón del Sonido puro hasta el Monasterio de la larga Vida (situado a 1020m) hay una subida dura. El clima tropical hacía que empapara enseguida la camiseta. Cientos de insectos palo atravesaban el camino, parsimoniosos en su disfraz vegetal.

Una vez en el monasterio topamos con una inmensa aglomeración de chinos (llegaban hasta allí por carretera y teleférico, pero casi nadie subía a pie); estaba todo tan colapsado que ni siquiera entramos.
El siguiente descanso lo hicimos en el Palacio Xixin, donde había unos sillones de mimbre bastante confortables. Más arriba, en un emplazamiento llamado “Elder Level Ground”, paramos para comer. Comenzó a llover a cántaros, pero escampó antes de retomar la ascensión.

Con la altura la selva tropical daba paso imperceptiblemente a la laurisilva, decendía la temperatura y entrábamos en el reino de la niebla. Pasamos por el Templo Chu y la Cima de Huayang. El número de templos, budas y estatuas de dioses protectores, así como la cantidad de incienso consumido por inhalación tendía ya a infinito y la cuenta engrosaba cada vez más.
A las cinco de la tarde, envueltos por una fría y espesa niebla, llegamos al Monasterio de la Charca del Elefante. La bienvenida nos la dio un macho de macaco que se nos enfrentó en las escaleras de entrada. Le arrebaté el bastón a una joven peregrina para intentar amedrentarle pero el bicho enseñó unos colmillos enormes y salimos todos en desbandada.

Una vez a salvo en el monasterio pillamos una cuádruple a la que se entraba desde una galería cubierta, con suelo de madera, que daba a un abismo de vegetación. La tormenta que cayó nada más llegar fue bestial. Nos libramos por poco. Antes de cenar nos duchamos. Las duchas estaban un poco lejos y la distribución de las instalaciones era bastante caótica, existiendo además la posibilidad (nada remota) de encontrarte más macacos tibetanos de camino a los baños. La cena fue antes del atardecer, hacia las seis. Nos costó 10 yuanes y consistió en mucho arroz, judías, berenjena y poco más. La austeridad monacal se hizo más patente que nunca.
Situado a 2070m de altura, desde la terraza frente a su entrada principal, el Monasterio de la Charca del Elefante ofrecía unas vistas espectaculares: las montañas recortadas en diferentes grises gracias a la luz del atardecer como en las pinturas con tinta china.

Después de cenar pudimos experimentar (otra vez) la crudeza de las letrinas chinas, con todo el mundo allí agachado, en cuclillas, charlando sin apenas separación.
Esa noche nos fuimos pronto a dormir.
14 de agosto:
Salimos a las seis del monasterio. Después de ascender un poco pudimos ver el alba rodeando el monte sobre el que estaba situado, y cómo iban apareciendo los demás picos de Emei Shan envueltos en la niebla. La ascensión hasta el siguiente punto de desanso fue muy dura. Superamos 600m de desnivel, en tramos de escaleras muy largos. La mañana era fría, y el sol se filtraba por un bosque de laurisilva más silencioso que la selva tropical de allá abajo. Ya no nos acompañaban en el camino los bichos palo con su letanía del disimulo. El último tramo del camino hasta la Sala de Jieyin fue llano, y tenía pequeños miradores abiertos a un valle donde se veían entrar los rayos de sol entre las montañas y la niebla.

Llegando ya a Jieyin contemplamos algo insólito. Como a aquella Parte, cercana ya la Cima Dorada (Jinding Si), llegaba la carretera, hasta allí se transportaban en camión enormes bloques de piedar de unos 130kg cada uno que se repartían entre los porteadores encargados de transportarlos a lo largo del camino hasta el punto en el que algún escalón necesitara ser repuesto. Durante la ascensión a Emei Shan es frecuente cruzarse con
porteadores de piedras, víveres (para abastecer tiendas y monasterios) e incluso de sillas para las personas que lo precisen y paguen. Uno no puede, en estas ocasiones, evitar pensar que la esclavitud se ha transformado y adaptado, pero o desaparecido, en estos días presentes. En aquel momento eran las ocho de la mañana.
Llegamos a Jieyin y fuimos a un hotel para dejar las mochilas en la recepción y poder subir el último tramo ligeros de peso. Llegamos arriba hacia las diez. Unas escaleras jalonadas con elefantes blancos conducían a la enorme estatua dorada y a los templos.
Estábamos a 3077 metros de altura, sobre las nubes. Habíamos subido 2522 metros en una ascensión con más de veinte mil escalones en quince horas de caminata. Los bastones de bambú estaban destrozados y nuestras piernas también. Habíamos coronado el monte budista más importante de China y el esfuerzo había merecido la pena.

servido por singerstone
1 comentario
compártelo
28 Octubre 2007

Estábamos a medio día a caballo desde Songpan. Era por la tarde. Los guías habían preparado ya la cena, nuestra única comida en el día a excepción del té del desayuno y unos escasos trozos de pan dulce en el valle glaciar desde el que supuestamente se veía la Montaña de Hielo. Nos había llevado todo el día llegar a aquel valle, subiendo los caballos por escarpados bosques alpinos y pedregosas laderas. Allí arriba, a unos cuatro mil metros, apenas habíamos tenido tiempo de sacar unas fotos a un imponente paisaje oculto tras las nubes y de comer un poco de aquel extraño pan dulce. Luego habíamos vuelto al campamento donde ahora íbamos a degustar unos tallarines que los guías (eso no lo sabíamos todavía) iban a servirnos con las manos.
El campamento estaba en una pradera enclavada en la conexión entre varios valles fluviales. Además de los pocos viajeros que llegaban a caballo, allí vivía una familia que se ganaba la vida vendiendo algo de comida y bebida a los guías y a los extranjeros. Era una familia con muchos miembros de varias generaciones, y esa tarde Víctor y yo estuvimos jugando con los dos pequeñajos; un niño y una niña extremadamente tímidos, temerosos. Casi no dejaban que nos acercáramos. La niña jugueteaba con un peine verde.
Los guías llamaron a la cena. Eran hombres toscos, de rasgos duros y curtidos, prácticamente tibetanos. Por la noche, frente a la hoguera, cantaban canciones burdas, y el dinero que ganaban con su trabajo de guías se lo gastaban en Songpan, bebiendo bai jiu (agua fuerte destilado del arroz) y pagando putas. No eran tipos malos; la vida los había enseñado así.
Me fui a sentar cerca de Jose, mientras Víctor seguía haciendo fotos a los niños. “Qué monada de cría” le dije. Jose levantó la cabeza y soltó “¡¿Nos la llevamos?!”. La idea tomó en mi cabeza proporciones poco descabelladas. Creo que callé. Y Jose añadió “…esta pobre niña a lo más que puede espirar es que cuando crezca un poco más algún animal de éstos la viole y entonces le tendrá que cocinar y hacerle la cama para el resto de sus días”. Y entonces a mí se me calló el alma a los pies.
Aquellos pastores, que apenas balbuceaban el mandarín, eran los hijos de aquella tierra bella y dura que los había visto crecer y los había educado; que los había embrutecido. Esos hombres eran buenas personas; valientes, generosos, hospitalarios. Y sin embargo parecía que aquellas montañas se hubieran apoderado poco a poco de su humanidad. Pagaban, quizá, el precio por el privilegio de cabalgar a sus anchas por aquellas tierras y conocerlas mejor de lo que conocían a cualquier mujer.
Y ya no recuerdo cómo sonaba el rumor del río, ni el olor del bosque de abetos y magnolios. Ya casi he olvidado el sonido de las pezuñas de los animales contra las rocas. Sin embargo todavía recuerdo en aquella pradera a los dos niños de la familia de vendedores, desconfiando de los extranjeros y que quizá aún no eran conscientes de un futuro demasiado cierto.

servido por singerstone
sin comentarios
compártelo
26 Mayo 2007
sin el tiempo que me sobra,
sin remedio ni oración,
sin lo poco que son todas,
sin la crisis de rigor,
ni los valses que me quedan,
ni la ansiada decisión,
sin la calma que debiera,
ni la tiza, ni el carbón.
servido por singerstone
1 comentario
compártelo
25 Abril 2007
las cosas que de mi sé
son bien escasas
las cosas que despedí
son las mejores
las veces que me negué
fueron bien raras
las veces que fuí feliz
sufren temores
los tiempos de mi niñez
tierras lejanas
los tiempos del porvenir
vienen tifones
servido por singerstone
sin comentarios
compártelo
25 Abril 2007
agentes secretos, guerra enfadada
locura estrenada, sin amuletos;
tientos sin tiento, tacto sin frenos
quiero y si puedo te secuestraba.
servido por singerstone
2 comentarios
compártelo
17 Abril 2007
Dos terceras partes de mis sueños los tomo prestados de La Necesidad de entretener, que es una tienda perfumada con gritos sin esqueleto, nudosos, que desaparecen entre la bisutería ordinaria de las ideas y las cerraduras oxidadas y abiertas para siempre de la realidad que cuelgan a precio de saldo detrás del mostrador, cuando Crispeo, el dependiente tuerto, después de desayunar, abre la tienda por las mañanas y el sol de un triste noviembre perpetuo, gris, despierta los péndulos de los relojes de pared, que empiezan a moverse, marcando el ritmo que, desusado día tras día, siguen las alfombras sirias, los gramófonos espías, los florines artríticos desde ayer noche, las lámparas con sabor a jabón de estraperlista, las balanzas de farmacia desahuciada y demás objetos escuetos y conspicuos que Crispeo se encargó de salvar de las bodegas del Difuso, aquél enorme velero noctámbulo que cuarenta años atrás se había hundido en el mar Austral y cuyo fin sólo él pudo ver, las enormes velas recortándose en la noche contra el fuego incandescente de las islas Tercas, que se deshacían en volcanes.
De que la otra mitad tenga que ser siempre soñada tiene la culpa aquél pirata de los versos que aquel día me convenció, hablando por sus labios, de que me enamorara de ella; la culpa de que me despierte la mitad de las veces escéptico a base de caricias tan concretas que se huelen antes de que se acerquen demasiado, apenadas, apiadadas, lastimeras de ese pudo ser que, cansadas ya, dan por imposible y que quieren, aunque no lo sepan, convencerme; la culpa de que me condene a la dulce resignación de probar ahora, fuera de mis sueños, tan sólo algunos pedacitos desprendidos de un futuro que probablemente nunca llegue a ocurrir.
Suelo llorar precisamente cuando no tengo ese hombro sobre el que hacerlo, quizá por eso he aprendido a hacerlo sobre un papel, en monólogo para tres: yo y la soledad y su ausencia. Me parece muy enfermizo transformar los sueños y las lágrimas en palabras. Muy canalla. Cobarde. Pero no es menos verdad que en el espacio de un hombro o de un beso no caben frases demasiado largas. Sólo palabras, frases breves, perfectas por ser tan simples. Los sueños necesitan de descripciones mucho más largas y enrevesadas para ser descritos. Los márgenes de los labios y de los besos y de los hombros sólo dejan espacio para otro lenguaje que va más allá. Mil veces más sencillo. Mil veces más breve, más eterno, más vivo. Las letanías de la vida son los tesoros mas preciados por los bucaneros de los cachivaches, por los mercenarios del abordaje a navíos que agonizan en mil noches a la vez, iluminados por la luz de los volcanes.
El idioma de los ojos y el acento de sus besos son los que siempre se hunden con el galeón, demasiado pesados, lastrándolo hacia el fondo. Son los tesoros que los corsarios de chatarras como Crispeo nunca pueden recuperar. Los que no puedes conseguir en La Necesidad de entretener para poder soñarlos porque no tienen precio ni se compran. Los que una vez vividos se pierden para siempre en el mar de los recuerdos y sólo puedes volver a verlos cuando las tormentas de una memoria voraz los arranca de la profundidad y los devuelve unos instantes a la superficie. Y entonces recordamos.
mayo de 2003, pero no es seguro
servido por singerstone
sin comentarios
compártelo
2 Marzo 2007
Me cuentan que saltó el muro
del conjuro de Madrid
para cambiar las meninas
por las chinas de Pekín.
Descarrilando los trenes
que se paran en los burdeles
que dan prestigio a TongHua,
donde un polvo vale un euro
con cualquier china cudeiro;
tres yuanes la libertad.
Sin perder la tranquilidad
(Corea a tiro de piedra)
en los putis de la ciudad
se trinca siete cua-cuás
con ese faire y esa percha
de espía profesional.

servido por singerstone
3 comentarios
compártelo
6 Noviembre 2006
Hasta que no quede tinta
y se agoten los sueños;
hasta que cesen los bailes
y nos roben el suelo;
hasta que quiera mirarme
y sin mirarme me vea;
hasta que vuelva mañana,
se oxiden las llaves
y lloren las fresas;
hasta que sepa quién fue, qué ganó,
quién dejé de ser,
cuándo perdieron las cartas sus destinos;
por qué no hay recreos entre los días
para volver a creer en dioses inventados.
Hasta que terminen los aplausos,
se enciendan las luces
y no queden botellas por descorchar.
Hasta que acabemos
por sabernos de memoria
y la tierra ya no esté
a orillas del mar.
Hasta que se juzgue a las inocentes;
a las que se casan con calculadora;
a las que atan sus alas por pereza;
a las que lucen su lencería sin faltas de ortografía;
a las que huelen a misa;
a las que tienen miedo a despertarse.
Hasta que, por fin,
beatifiquen a las proscritas del recato;
a las que huelen a misa
pero saben a mordisco;
a las que me violan en sus sueños
y en los míos;
a las casadas con vocación soltera;
a las que son princesas sin príncipe en la alcoba
y con fallos de memoria;
a las que nacieron diosas
y todavía no lo saben.
13/03/2004
servido por singerstone
sin comentarios
compártelo