Mujeres "primitivas"
El otro día estaba yo en una terracita en Toledo con mi amigo Diego y mi antediluviano amigo Fernández. Unas horchatitas era lo que nos traíamos entre manos a la sombra de los árboles de la Vega, y en el sopor de la tarde les íbamos dando tientos con mucha calma y mucha flema. En ese estado, en el que todo el azúcar de la horchata se empleaba en alimentar la producción en nuestros sesillos de conversaciones vanales y absurdas, la gran idea de la tarde no podía hacerse esperar mucho.
En el devenir de la situación Fernández comenzó a comentar una teoría que había leído en algún lugar (“una revista de mujeres tipo cosmopolitan, creo”). A grandes rasgos me propongo exponerla aquí, para cultura y gozo de todos y todas. Para ello hagan un pequeño esfuerzo imaginativo, pues el contexto requiere una resituación espacio-temporal.

Hace un millón de años, una cueva abriga a un grupo de humanos primigenios de las inclemencias del tiempo. Participando de una costumbre instintiva y ancestral los machos (hombres) han salido a cazar, mientras las hembras (mujeres) les esperan ansiosas. Cuando la expedición regresa con trofeos y manjares ocurre un hecho repetido desde millones de años atrás y que ha dictaminado, miles de años más tarde, la naturaleza de la convivencia de los sexos, la selección de pareja y el cortejo (entre otras cosas).
El macho que lleva la mejor pieza es el que mejor sustento puede dar a una mujer, y ésta se ofrecerá a él en carne para conseguir ese sustento. Carne de mamut por carne de mujer. Esto, según el artículo, explica cómo las mujeres más dispuestas a cambiarse por el sustento son las que con mayor éxito han perpetuando sus genes. Genes que generación tras generación, por selección natural, han ido haciéndose dominantes y potenciándose en el sexo femenino a lo largo de todo este tiempo.
Las mujeres, como conclusión, son promiscuas por naturaleza (como los hombres) con la diferencia de que los millones de años de evolución les empujan a hacerlo por interés material. “El que caza el mamut es el más deseado”. Un millón de años más tarde esto se traduce en “el que tiene pasta es el más deseado”.
También se explica con esta situación por qué las mujeres son tan malvadas y tan envidiosas unas con otras; cuando llegaba ese fornido neandertal, con ese mamut sanguinolento aún calentito y lo aparcaba a la entrada de la cueva la jauría de mujeres se volvían locas por él, y se peleaban entre ellas, y se tiraban de los pelos las unas a las otras. Los machos, sin embargo, sólo se enfrentan entre ellos cuando realmente el asunto era importante, más preocupados en sobrevivir a la caza y volver con los suyos.
El neandertal del mamut, cansado, después de saciar su sed y sus heridas en el río, va a sentarse junto a la hoguera con los otros machos, a fanfarronear de las nuevas experiencias, a contar batallitas a los niños, a registrar las hazañas en las paredes cavernícolas. Y, mientras un grupo de desgreñadas hembras siguen tirándose del pelo disputándose quien dormirá con él en el lecho de piel de oso, él mira tímido a aquel rincón de la cueva donde, callada y distraída, está sentada esa extraña hembra flacucha y de pelo dorado, marginada por el resto por sus rarezas, y que tanto le recuerda a Raquel Welch.

