Hasta que no quede tinta
y se agoten los sueños;
hasta que cesen los bailes
y nos roben el suelo;
hasta que quiera mirarme
y sin mirarme me vea;
hasta que vuelva mañana,
se oxiden las llaves
y lloren las fresas;
hasta que sepa quién fue, qué ganó,
quién dejé de ser,
cuándo perdieron las cartas sus destinos;
por qué no hay recreos entre los días
para volver a creer en dioses inventados.

Hasta que terminen los aplausos,
se enciendan las luces
y no queden botellas por descorchar.
Hasta que acabemos
por sabernos de memoria
y la tierra ya no esté
a orillas del mar.

Hasta que se juzgue a las inocentes;
a las que se casan con calculadora;
a las que atan sus alas por pereza;
a las que lucen su lencería sin faltas de ortografía;
a las que huelen a misa;
a las que tienen miedo a despertarse.

Hasta que, por fin,
beatifiquen a las proscritas del recato;
a las que huelen a misa
pero saben a mordisco;
a las que me violan en sus sueños
y en los míos;
a las casadas con vocación soltera;
a las que son princesas sin príncipe en la alcoba
y con fallos de memoria;
a las que nacieron diosas
y todavía no lo saben.

13/03/2004