Dos terceras partes de mis sueños los tomo prestados de La Necesidad de entretener, que es una tienda perfumada con gritos sin esqueleto, nudosos, que desaparecen entre la bisutería ordinaria de las ideas y las cerraduras oxidadas y abiertas para siempre de la realidad que cuelgan a precio de saldo detrás del mostrador, cuando Crispeo, el dependiente tuerto, después de desayunar, abre la tienda por las mañanas y el sol de un triste noviembre perpetuo, gris, despierta los péndulos de los relojes de pared, que empiezan a moverse, marcando el ritmo que, desusado día tras día, siguen las alfombras sirias, los gramófonos espías, los florines artríticos desde ayer noche, las lámparas con sabor a jabón de estraperlista, las balanzas de farmacia desahuciada y demás objetos escuetos y conspicuos que Crispeo se encargó de salvar de las bodegas del Difuso, aquél enorme velero noctámbulo que cuarenta años atrás se había hundido en el mar Austral y cuyo fin sólo él pudo ver, las enormes velas recortándose en la noche contra el fuego incandescente de las islas Tercas, que se deshacían en volcanes.

De que la otra mitad tenga que ser siempre soñada tiene la culpa aquél pirata de los versos que aquel día me convenció, hablando por sus labios, de que me enamorara de ella; la culpa de que me despierte la mitad de las veces escéptico a base de caricias tan concretas que se huelen antes de que se acerquen demasiado, apenadas, apiadadas, lastimeras de ese pudo ser que, cansadas ya, dan por imposible y que quieren, aunque no lo sepan, convencerme; la culpa de que me condene a la dulce resignación de probar ahora, fuera de mis sueños, tan sólo algunos pedacitos desprendidos de un futuro que probablemente nunca llegue a ocurrir.

Suelo llorar precisamente cuando no tengo ese hombro sobre el que hacerlo, quizá por eso he aprendido a hacerlo sobre un papel, en monólogo para tres: yo y la soledad y su ausencia. Me parece muy enfermizo transformar los sueños y las lágrimas en palabras. Muy canalla. Cobarde. Pero no es menos verdad que en el espacio de un hombro o de un beso no caben frases demasiado largas. Sólo palabras, frases breves, perfectas por ser tan simples. Los sueños necesitan de descripciones mucho más largas y enrevesadas para ser descritos. Los márgenes de los labios y de los besos y de los hombros sólo dejan espacio para otro lenguaje que va más allá. Mil veces más sencillo. Mil veces más breve, más eterno, más vivo. Las letanías de la vida son los tesoros mas preciados por los bucaneros de los cachivaches, por los mercenarios del abordaje a navíos que agonizan en mil noches a la vez, iluminados por la luz de los volcanes.

El idioma de los ojos y el acento de sus besos son los que siempre se hunden con el galeón, demasiado pesados, lastrándolo hacia el fondo. Son los tesoros que los corsarios de chatarras como Crispeo nunca pueden recuperar. Los que no puedes conseguir en La Necesidad de entretener para poder soñarlos porque no tienen precio ni se compran. Los que una vez vividos se pierden para siempre en el mar de los recuerdos y sólo puedes volver a verlos cuando las tormentas de una memoria voraz los arranca de la profundidad y los devuelve unos instantes a la superficie. Y entonces recordamos.

mayo de 2003, pero no es seguro