
Estábamos a medio día a caballo desde Songpan. Era por la tarde. Los guías habían preparado ya la cena, nuestra única comida en el día a excepción del té del desayuno y unos escasos trozos de pan dulce en el valle glaciar desde el que supuestamente se veía la Montaña de Hielo. Nos había llevado todo el día llegar a aquel valle, subiendo los caballos por escarpados bosques alpinos y pedregosas laderas. Allí arriba, a unos cuatro mil metros, apenas habíamos tenido tiempo de sacar unas fotos a un imponente paisaje oculto tras las nubes y de comer un poco de aquel extraño pan dulce. Luego habíamos vuelto al campamento donde ahora íbamos a degustar unos tallarines que los guías (eso no lo sabíamos todavía) iban a servirnos con las manos.
El campamento estaba en una pradera enclavada en la conexión entre varios valles fluviales. Además de los pocos viajeros que llegaban a caballo, allí vivía una familia que se ganaba la vida vendiendo algo de comida y bebida a los guías y a los extranjeros. Era una familia con muchos miembros de varias generaciones, y esa tarde Víctor y yo estuvimos jugando con los dos pequeñajos; un niño y una niña extremadamente tímidos, temerosos. Casi no dejaban que nos acercáramos. La niña jugueteaba con un peine verde.
Los guías llamaron a la cena. Eran hombres toscos, de rasgos duros y curtidos, prácticamente tibetanos. Por la noche, frente a la hoguera, cantaban canciones burdas, y el dinero que ganaban con su trabajo de guías se lo gastaban en Songpan, bebiendo bai jiu (agua fuerte destilado del arroz) y pagando putas. No eran tipos malos; la vida los había enseñado así.
Me fui a sentar cerca de Jose, mientras Víctor seguía haciendo fotos a los niños. “Qué monada de cría” le dije. Jose levantó la cabeza y soltó “¡¿Nos la llevamos?!”. La idea tomó en mi cabeza proporciones poco descabelladas. Creo que callé. Y Jose añadió “…esta pobre niña a lo más que puede espirar es que cuando crezca un poco más algún animal de éstos la viole y entonces le tendrá que cocinar y hacerle la cama para el resto de sus días”. Y entonces a mí se me calló el alma a los pies.
Aquellos pastores, que apenas balbuceaban el mandarín, eran los hijos de aquella tierra bella y dura que los había visto crecer y los había educado; que los había embrutecido. Esos hombres eran buenas personas; valientes, generosos, hospitalarios. Y sin embargo parecía que aquellas montañas se hubieran apoderado poco a poco de su humanidad. Pagaban, quizá, el precio por el privilegio de cabalgar a sus anchas por aquellas tierras y conocerlas mejor de lo que conocían a cualquier mujer.
Y ya no recuerdo cómo sonaba el rumor del río, ni el olor del bosque de abetos y magnolios. Ya casi he olvidado el sonido de las pezuñas de los animales contra las rocas. Sin embargo todavía recuerdo en aquella pradera a los dos niños de la familia de vendedores, desconfiando de los extranjeros y que quizá aún no eran conscientes de un futuro demasiado cierto.


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